jueves, 22 de marzo de 2012

Pequeños copos de nieve se deshacen al chocar con el cristal. La ventana semiabierta deja entrar el viento helado que logra que las cortinas bailen gráciles al ritmo del chisporroteo de la chimenea.
Se respira la quietud del bosque que nos rodea.
La paz del silencio baja acompañada del manto delgado de niebla, que va cubriendo poco a poco las luces de la ciudad; esa ciudad que nos vio renacer, esa que crepúsculo a crepúsculo se postra a nuestros pies intentando dar alcance a nuestra realidad tan soñada.
Las luces eclipsadas se empeñan en crear auroras multicolores y el cielo cómplice de ellas, se llena de luceros que titilan brillantes melodías para atrapar mi atención. Podría ser el cuadro más bello, el mejor despliegue de arte…la naturaleza luchando por opacar tu imagen. Pero yo espero una muestra superior.

Es cuando, las siete campanadas del reloj anuncian la llegada del único ser que logra humillar tanta belleza con su simple aparición. Mi corazón palpita a ritmos irregulares, mi ser entero se prepara para enfrentar la dulce sorpresa de verte llegar. Millones de mariposas se posan en cada una de mis células atentas a cualquier cambio en el sendero…

Y de pronto mi corazón se detiene por un precioso instante…¡ahí estas!. La naturaleza doblegada, abre sus alas de bruma para rendirte homenaje. Tus ojos se levantan seguros de encontrarme en la ventana y nuestras miradas se sujetan, justo en el preciso instante en que mi ser se desintegra en miles de motas doradas que vuelan hacía ti rodeándote…El espectáculo de afuera se convierte en banalidad cuando caigo rendida ante el de tu imagen y me doy cuenta nuevamente que pasaría la eternidad mirándote; perdiéndome en cada centímetro de tu piel; contando cada poro tuyo hasta llegar a diez mil y luego volver a comenzar; dejándome hundir en la oscura laguna de tus ojos y ahí plácidamente, esperar la muerte.

Yo.

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